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Un día normal. {Leliana

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Un día normal. {Leliana

Mensaje  Nathaniel C. Armstrong el Jue Feb 07, 2013 7:40 am

Era otro largo e insignificante día en la vida del pequeño Nathaniel, que luchaba porque su abrigo no volara por culpa del viento, aunque al estar roto dificultaba la tarea del niño. Había decidido acudir nuevamente al comedor, hacía casi una semana que no pasaba por allí y estaba seguro de que Jenna estaría preocupada. Una parte del chico pensaba que aquella mujer era de las buenas, de las que no se marchaban, pero la otra le advertía que se alejara de ella y no aceptara más ayuda, que aquello era de inútiles. Sin embargo los rugidos en su estómago y su debilidad le empujaron a aquel edificio en mal estado que servía como comedor social.

Cuando entró el ambiente era tal y como lo recordaba. Había varias familias y otras tantas personas que intentaban socializar entre ellas y, por último, su mesa vacía. Siempre escogía la más alejada posible, así podía pasar la hora de la comida a solas, como a él le gustaba estar. La mujer que tanto había ayudado al niño le lanzó una tierna mirada y dejó un plato sobre la mesa que ocupaba habitualmente. El niño se sentó sin pensárselo dos veces y devoró la comida que le había servido. Llevaba bastante tiempo sin comer y ni siquiera aquel plato saciaba el apetito del moreno, que suspiró resignado. Unos minutos más tarde Jenna volvió a aparecer con un pequeño cuaderno que solía prestarle para que practicara su ortografía y, a escondidas, dejó algo más de comida en el plato del pequeño. Éste, agradecido esbozó una media sonrisa que desapareció escasos segundos después. Esta vez comía con más lentitud, cierto vagabundo le confesó una vez que comer más despacio llenaba más, quizá era cierto…
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Re: Un día normal. {Leliana

Mensaje  Invitado el Jue Feb 07, 2013 10:11 am

<< Querido diario:

Nunca sé muy bien que hacer los fines de semana que él no puede llevarme al parque, porque la escuela está cerrada. Y la academia de dibujo también. Él me presta siempre algunos de sus libros para que me entretenga, ¡incluso el otro día me compró una de esas consolas portátiles tan chulas! Me gusta mucho, porque tiene juegos sobre princesas que rescatan príncipes, y no al revés.

Pero hoy hace un día muy bonito. No hay un sólo rincón de mi habitación en sombras, porque el cielo está limpio de nubes y el sol parece una gran bola de fuego inapagable. Aún así, al mirar por la ventana, sigo viendo gente con prisas que no se para siquiera a mirar un segundo el cambio de estación. Todo el mundo parece estar obsesionado con encerrarse en alguna parte, en vez de disfrutar la luces cálidas que rodean hoy Seattle.

Así que he decidido salir de la habitación, sola. A él no le gusta, pero llevo muchos días pensando en Chú, Montaña y los demás. Llevo demasiado tiempo sin ir a verles, y no sé cómo están. Soy mala, porque ellos me han ayudado mucho y yo no les dedico un sólo minuto desde que él me rescató. Por eso, pienso ir a pedirles disculpas. ¡Deseame suerte, y esta noche te contaré cómo me ha ido! >>

La niña dió un salto repentino sobre la cama, incorporándose y dejando caer la pequeña libreta, la cual rebotó un par de veces y luego se hundió entre las sábanas. Con aire decidido y despreocupado, se colocó los zapatos sobre las medias a rayas blancas y rojas, pues era lo único que le faltaba por ponerse. Llevaba toda la mañana lista, esperando que el reloj marcara la hora correcta, pues había estado tan preocupada planeando el día que apenas había dormido.

Se acercó al espejo que descansaba sobre la cómoda y se repasó las dos trenzas largas y rojizas que caían sobre sus hombros. Dedicándose una sonrisa a sí misma, cogió las llaves de la habitación y salió de esta rápidamente. Cuándo estuvo en el pasillo, echó a correr hacia la calle y continuó con estas prisas hasta que llegó al lugar deseado. Convirtió un trayecto de media hora a pié en diez minutos, pero ya se sabe la energía que tienen estos niños de hoy en día.

Aún con las mejillas sonrosadas por la carrera, abrió la puerta del local y entró en él. Estaba tal y como lo recordaba. Había señoras muy pálidas con los ojos brillantes por poderse llevar algo a la boca, y ancianos tan mayores y cansados que apenas podían masticar con facilidad. Pero aún así, todos tenían un aspecto un poco más agradable debido al precioso día que parecía avecinarse.

Los ojos de la pequeña se clavaron en seguida en una de las cocineras de aquel comedor para perdidos, la cuál no pudo evitar soltar una exclamación de sorpresa al verla.

¡Hola, Montaña!— saludó Leliana, sacudiendo el brazo con firmeza— ¡Buenos días a todos!— dijo, echando una mirada circular al lugar mientras entrecruzaba sus manos con timidez.

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Re: Un día normal. {Leliana

Mensaje  Nathaniel C. Armstrong el Jue Feb 07, 2013 11:23 am

El pequeño escribía con ánimo, repasando cada una de las frases en su propia cabeza. Se mordió el labio al ver una falta de ortografía y la corrigió inmediatamente. Mientras tanto se llevaba la poca comida que quedaba en su plato a la boca, esforzándose en masticar con lentitud. Nathaniel sabía que era demasiado perfeccionista, que se saturaba a sí mismo con tanta presión, sin embargo así era él. Tenía que sentirse orgulloso de sí mismo, era todo lo que le quedaba al moreno. Elevó la mirada a tiempo para ver como una niña de cabello rojizo entraba en el comedor social, una niña a la cual conocía desde hacía un tiempo. Se acordaba de ella. No sabía su nombre, así que siempre se acordaba de ella como ‘’aquella niña pelirroja’’. Iba al comedor cuando él empezó a ir, pero desde hacía algún tiempo había desaparecido del mapa. ¿Qué que le había pasado? Sólo dios sabe la respuesta, pero según Nathaniel había encontrado un hogar a juzgar por su bonita y cuidada vestimenta y su buen estado.

Cuando corrió hacia Jenna el niño sintió una punzada de celos en su estómago. Al fin y al cabo ella era todo lo que él tenía, no quería que nadie se la robara. Tenía miedo a perderla. Por otro lado él también sabía que Jenna se empeñaba en que ambos niños se relacionaran de alguna forma, o al menos eso había intentado meses atrás. Él no quería relacionarse con nadie, él quería estar solo, ¿por qué nadie lo entendía? Cogió el tenedor y jugó por un rato con la comida mientras observaba de reojo la efusividad con la que ambas chicas conversaban. El moreno bufó por lo bajo y clavó su mirada en su plato de comida, mientras dejaba a un lado el pequeño cuadernillo que minutos antes le había entregado Jenna.

De repente el chico escuchó unos pasos que se acercaban, pues el sonido iba siendo más intenso. No pudo evitar respirar hondo impaciente y clavar las uñas a la mesa de madera.— Que no vengan aquí, no… aquí no. —susurró para sí mismo, con un nervioso tono de voz. No obstante y como había pensado Nathaniel, ambas chicas estaban frente a él hablando entre ellas, mientras la mujer presentaba a la niña en voz alta, como si a él le importara el nombre de aquella cría. Elevó apenas la cabeza y miró directamente a los ojos de la pelirroja, con expresión neutral, fría.— Hola. —saludó, haciendo que su voz sonara extremadamente ronca y extraña a los oídos de los demás.
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Re: Un día normal. {Leliana

Mensaje  Invitado el Jue Feb 07, 2013 12:39 pm

La pequeña soltó una carcajada enorme cuándo Montaña la saludó entusiastamente y le dedicó una ancha sonrisa. Se dirigió hasta la barra dónde se servía la comida a zancadas tan grandes como sus pequeños pies podían permitirle, para lanzarse sobre la cocinera tan querida para ella y estrujarla con todas las fuerzas que tenía en sus delgados brazos. A cualquier otro, aquel lugar sólo le traería malos recuerdos y desdicha, pero ella lo había echado tanto de menos... Allí es dónde su vida comenzó a cambiar de una forma que ni ella misma se había parado a pensar.

Algunos veteranos del comedor la contemplaron con ojos relucientes al sentir la burbuja de emoción que embargaba a la niña, la cual había podido salir airosa y feliz de una situación tan triste como la era la de aquellas personas. Johnny, el vagabundo que había compartido sus ración de patatas con ella varias veces, le dió un sonoro beso en la frente, con lágrimas en los ojos. Aquella gente estaba tan acostumbrada a ver un mundo en ruinas, resignada a pensar que nunca saldrían de aquel pozo de miseria, que ver a la chiquilla de esa nueva forma les daba algo de esperanza. Pero eso Leliana no lo entendería hasta años después, pues para ella aquello era como su segunda casa.

Montaña, cuyo nombre real era Jenna, le preguntó que qué había sido de ella y si quería un plato como en los viejos tiempos. La cría negó con la cabeza con fuerza y le explicó que había encontrado un nuevo papá, sin meterse mucho en detalles ya que él siempre le decía que había algunas cosas que eran secretas y sólo debían saber él y Leliana. Montaña pareció satisfecha y contenta por aquellas noticias, pero no tardó mucho en dirigir una mirada preocupada por encima del hombro de ella.

Oh, pequeña. ¿Te acuerdas del jovencito que solía venir cuándo tú estabas por aquí?— le dijo, con un tono de voz abstraído. Leliana se giró para contemplar a un muchacho de cabellos negros, al cuál rodeaba un aura de desolación impactante. La niña frunció los labios, sintiéndose repentinamente mal. Se acordaba de él. Cuándo Montaña los presentó, meses atrás, ella había intentado hablarle y preguntarle cosas, pero él jamás le había dirigido una palabra.— Ven, seguro que se alegra de tener compañía semejante por un día.

No muy convencida, y siendo prácticamente arrastrada por el brazo con el cuál Montaña le rodeaba, caminó con paso inseguro y lento. ¿Y si ella no le caía bien? ¿Y si le parecía una niña estúpida? Sin embargo, no le dió tiempo a profundizar en aquella hipótesis, pues segundos después Montaña ya estaba presentándoles acaloradamente. Leliana alzó la mirada del suelo poco a poco, para encontrarse con los ojos fríos de aquel niño. ¡Incluso hacía que un simple "hola" pareciera siniestro! Montaña, convencida de su éxito, marchó a servir más platos. Mientras, Leliana se mantuvo de pie un buen rato, observando al chiquillo.

Era extraño. Muy extraño. Vestía siempre con los mismos vaqueros y sudadera negra, o al menos, a ella aquella ropa le resultaba familiar. Además, tenía esa expresión constante de estar enfadado con el mundo en general. A la niña no le gustaba, porque ella no le había echo nada y ya parecía que se la quería comer. Con cuidado, se sentó frente a él, esperando que no le lanzara comida para que se fuera o algo por el estilo. Se fijó en un cuadernillo de escritura situado a pocos centímetros de él, y entonces se le volvió a iluminar el rostro y una amplia sonrisa se extendió por su cara. Ella había hecho muchos de aquellos antes.

¡Hola! ¿Necesitas ayuda con eso?— y señaló el cuadernillo, mirándole con los ojos brillantes y bien abiertos.

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Re: Un día normal. {Leliana

Mensaje  Nathaniel C. Armstrong el Vie Feb 08, 2013 12:49 am

De todo el comedor, Nathaniel fue el único que se quedó sentado en la vieja mesa de madera frente a su plato y su ya usado cuadernillo. Parecía que aquella niña era la alegría de la huerta, la única luz en medio de la oscuridad. Como si su sola presencia despertara esperanza en aquellos pobres desgraciados. ¿Esperanza de qué? ¿De una vida mejor? Absurdo.

El niño no creía en aquello. Podía ser que aquella pequeña pelirroja hubiera encontrado alguien que la ayudara a salir adelante, pero aquello no pasaba en la vida real. No sin algo a cambio. No sin una razón escondida. Bufó en la mesa, enfadado con la insoportable actitud de Johnny, un vagabundo que maldecía la vida por ser el mismísimo infierno; en cambio ahora parecía encantado con la idea de poder salir de allí, con la esperanza que creaba la niña en el comedor.

Nathaniel, que estaba de morros por aquella actitud, no tenía esperanza alguna. Él tenía que huir y aprender a vivir en la calle, tenía que aprender a buscarse la vida solo. Aceptar ayuda era de cobardes, de débiles. Él era completamente independiente, no necesitaba aquella falsa ilusión que creaba la sensación de tener algo de esperanza. Por muy ilusos que fueran a su alrededor, él seguía creyendo que no había vida mejor, no para ellos.

La mirada de preocupación que se le escapó a Jenna no pasó desapercibida para el moreno, que maldijo por lo bajo para que nadie lo escuchara. ¿Preocuparse por qué? ¿De qué? Preocuparse por él era perder el tiempo. Sin embargo, ambas muchachas no tardaron en acercarse y con ello la sensación de enfado creció en el crío, que odiaba la compasión.

Jenna, que se había ganado el apodo de ‘’montaña’’ por culpa de la niña, sonrió victoriosa cuando ambos niños estuvieron en la misma mesa y se marchó, creyendo que había hecho su labor del día. El pequeño frunció los labios, él no estaba de acuerdo con aquello, ¿por qué nadie le preguntaba si quería sentarse con una completa desconocida? ¿Por qué nadie le preguntaba nunca nada?

De repente, las palabras de la niña hicieron aparecer en los ojos del muchacho el odio más profundo. ¿Ayuda, él? ¿Desde cuándo él necesitaba ayuda? ¿Por qué creía aquella niña que por haber encontrado alguien que le ayudara ya era mejor que el resto? ¿Y por qué los demás hacían que aquella sensación de superioridad creciera? No. Él no era como los demás, él estaba bien viviendo en aquel mundo solitario y sin ayuda de nadie.— No necesito ayuda. Ni tuya, ni de nadie. —aclaró él, con un grave tono de voz, quizá demasiado para ser tan pequeño.

Escasos segundos después soltó el lápiz con el que minutos antes escribía y miró directamente a los ojos de la niña.— ¿Es cierto eso que dicen? ¿Encontraste a tu ‘’ángel de la guarda’’? —preguntó el crío con cierto tono irónico, pero en realidad con cierta curiosidad.— Parece de película. Tu historia parece la de un mal cuento para niños pequeños. —bufó, esperando reacción de algún tipo por parte de la pelirroja, que parecía tremendamente inocente en aquel momento.
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Re: Un día normal. {Leliana

Mensaje  Invitado el Vie Feb 08, 2013 2:14 am

Leliana se distrajo unos segundos observando el ahora más calmado comedor, donde la gente había empezado a marcharse para buscar suerte un día más, o había caído rendida entre los brazos de Morfeo sobre las duras mesas de madera. Su mirada se tornó nostálgica, recordando los tiempos en los que sentía que moriría cómo aquellas personas: sin nada, sin nadie. Y ella quería estar allí para todos ellos, no sólo para darles esperanza, si no para ser su amiga en momentos tan horribles. Sin embargo, había gente que no acababa de comprender por qué lo hacía, si ella ya se había salvado y aquella era la misión principal.

Si hubiera sido otra, aquel día se hubiera quedado jugando con la consola portátil en la habitación del hotel. Si hubiera sido otra, jamás hubiera cuestionado la prohibición de él de no salir sola a la calle sólo para saludar a sus antiguos compañeros del comedor social. Si hubiera sido otra y hubiera tenido una vida distinta, se preocuparía sólamente por sí misma y por sobrevivir ahora que lo tenía tan fácil. Y aquello, es lo que no parecía entender el joven que se sentaba en el lado contrario de la mesa.

La niña sacudió la cabeza, luchando contra sí misma para que no se le saltaran las lágrimas. Y cuándo casí lo había conseguido, la voz fría del chiquillo resonó en sus oídos de nuevo. Abrió la boca, confusa. Ella no pretendía molestarle, no quería insinuar que él sólo no pudiera hacer el cuadernillo. Bajó la cabeza, dolida, y se mantuvo así durante varios minutos. Paralizada, pensó que tal vez a él sí le parecía una niña estúpida y ella no quería molestar a nadie. Así que, se dispuso a levantarse de allí e ir a despedirse de Montaña.

Pero, de repente, el niño volvió a dirigirle la palabra. Ella volvió a levantar la mirada, ladeando la cabeza. Los pensamientos negativos de antes se desvanecieron como arena entre los dedos cuándo aquél le preguntó por él. Leliana formó una tímida sonrisa, toqueteando una de sus trenzas.

Se llama Matthew— susurró, con ojos brillantes. No podía evitar sentir aquel corriente incensante de emociones cada vez que hablaba de él, pues era como su héroe particular— Y no le gusta que le llamen "ángel de la guarda"— frunció el ceño, recordándo lo que él le solía decir. No te recogí de aquel comedor por pena o misericordia, cómo lo haría un ángel, si no porque te merecías algo mejor que todo aquello y quería ser yo quien te lo diera. Llámame egoísta.

Algo más animada por poder hablar de un tema en el que se sentía cómoda, la última frase del pequeño le sentó como una patada en las costillas. No le gustaba que dudaran sobre nada que estuviera relacionado con él, así que apoyó las manos sobre la mesa con furia y se incorporó hasta estar a centímetros del muchacho.

¿Por qué eres así de malo conmigo?— empezó, elevando una de sus estilizadas cejas— ¿Por qué tiene que ser tan imposible todo para tí? ¿Por qué no tienes esperanza, como toda esta gente?— enfurruñada, soltó un bufido que hizo volar uno de los cabellos que habían logrado escapar de las trenzas.

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Re: Un día normal. {Leliana

Mensaje  Nathaniel C. Armstrong el Vie Feb 08, 2013 12:19 pm

El pequeño notó enseguida como la expresión en el rostro de la niña cambiaba, se entristecía. Por un momento incluso él mismo pudo notar como la energía del lugar oscurecía, ya no había tanta alegría como hacía escasos segundos. Pero por otro lado, aquel sentimiento de oscuridad era realmente el que llenaba al joven. Siempre había vivido así, ninguna niña con trenzas sería capaz de cambiar su mundo, no tenía derecho.

Por un momento parecía que estaba dispuesta a marcharse, así que el moreno hizo el amago de volver la mirada a su plato. Pero no, al parecer había tocado su fibra sensible. ¿Acaso era posible que aquella muchacha se enfadara? Porque a ojos del crío, ella lucía como una pluma tan delicada que daba incluso miedo tocarla. A ojos de él, parecía que podía romperse de lo frágil que era. Pero ya se sabe lo que dicen sobre las apariencias, que engañan.

Al escuchar nuevamente el suave tono de voz de la pelirroja, el niño abrió los ojos exageradamente y convirtió su boca en una pequeña ‘’o’’. Para luego expulsar una irónica y fuerte carcajada. — ¡Oh! ¡Matthew! —murmuró con cierta ironía el pequeño, que tenía un sentido del humor un tanto oscuro. — ¿Cómo sabes que él no te abandonará como lo hicieron tus padres? Porque digo, alguien te tuvo que abandonar para que estés ahí, con tu querido Matthew. —preguntó él, que escondía aquella curiosidad bajo una capa de maldad.

Él no confiaba en nadie. Ni siquiera en Jenna, que había demostrado estar en los momentos más difíciles del joven. Nadie parecía ser merecedor de su eterna confianza. ¿Por qué molestarse en depositar algo tan importante en una persona? ¿Por qué si después puede irse y romperte en pedazos? Según había escuchado, para los niños era fácil confiar en las personas y por ello se convertían en un blanco fácil, en la víctima perfecta. ¿Por qué él no era tan iluso? ¿Qué parte de él estaba mal, qué parte no funcionaba correctamente? Preguntas como esas rondaban su cabeza día sí y día también. — Siento decepcionarte, pero quizá él pueda fallarte algún día. Al fin y al cabo los adultos son muy egoístas. Tú serás sólo una carga para un hombre que no tiene hijos. —dijo con cierto aire pesimista. Decir la verdad o lo que pensaba le salía casi automáticamente, era algo que venía de fábrica.

La mirada de Nathaniel volvió a concentrarse en su plato, que estaba vacío y reluciente por el hambre que tenía, pero la inesperada pregunta de la niña rompió aquella barrera que le ponía a las emociones. Por un momento su rostro se desencajó y a los cinco segundos volvía a tener una mirada neutral. — No soy malo, sólo realista. No creo que nadie salve nuestra vida por pura bondad. No creo que nadie vaya a tenderme una mano ni ahora, ni nunca. No es pesimismo, es realidad. He aprendido a verla y no a soñar, eso lo dejo para gente como tú. —respondió el niño cortante. Su madura personalidad era también pesimista la mayor parte del tiempo, así como su odio hacia casi toda persona provocaba aquella antisocial forma de ser.

Por un momento bufó, escuchando otra de sus preguntas y sacudió la cabeza. — ¿Ves a todas estas personas? ¿Cuántos años te crees que han pasado en la calle, viviendo en la miseria? ¿Cuántos años te crees que me quedan a mí? —preguntó, entrecerrando los ojos. — Si quieres que tenga esperanza por algo que jamás pasará, no malgastes tu tiempo. No pienso esperar un milagro de brazos cruzados porque no soy tan imbécil. —sentenció, arrastrando cada palabra con el reflejo del más absoluto dolor en su tono de voz.

Un poco más tranquilo, suspiró, frunciendo los labios y endureciendo cada gesto de su aniñado rostro. — Pierdes el tiempo hablando conmigo, mejor vuelve a tu mundo de fantasías. Allí todo resultará más bonito. —aconsejó el pequeño, cerrando el cuadernillo de ortografía.

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